Cuando era un niño y mis padres me veían con los pantalones más abajo de la cintura y la camisa por fuera y mal abotonada, decían que me parecía a Cantinflas. Nunca me preocupé en mi niñez por averiguar quién era Cantinflas y por qué les causaba tanta risa verme en esas fachas.
Ya siendo un adolescente supe que Cantinflas era un famoso actor cómico del cine mexicano, cuyo atuendo particular se componía de un pantalón caído de la cintura, una camisa harapienta y mal puesta, y un trapo raído puesto a manera de bufanda, al cual llamaba gabardina.
Entendí entonces la razón de las risas de mis padres, pero aún Cantinflas no significaba mucho para mí. Fue en una noche de septiembre de 1.998 cuando definitivamente Cantinflas entró en mi vida para ser uno de mis ídolos, uno de los escasos personajes públicos por quienes siento un entrañable sentimiento de cariño, respeto, admiración y gratitud.
Esa noche vi la película “Sube y Baja”, una de las 42 que protagonizó, sin contar seis cortometrajes al inicio de su brillante carrera. Cuando terminó la película supe que Cantinflas me había cautivado, que eran muy pocos los cómicos que hacían labor social a través de un humor tan fino y satírico, y comencé mi colección personal de sus películas, la cual tengo casi completa, pues sólo me faltan “No te engañes, corazón”, y el cortometraje “Cantinflas en los censos”.
Quienes hayan visto alguna vez cualquiera de sus películas, estarán de acuerdo conmigo. Su humor era muy diferente a todos los demás, incluyendo el humor actual, colmado en su gran mayoría de mal gusto y vulgaridad. El sólo hecho de verlo en la pantalla con sus monólogos disparatados, sus fachas, su peculiar bigote, sus gestos, ya es motivo suficiente para reír a carcajadas. Pero al mismo tiempo podemos sentir compasión y solidaridad ante el dolor de los pobres, los marginados y aquellos a quienes defendía siempre en sus discursos de alto sentido social, quedando claro que entre la alegría y la tristeza no hay más distancia que una lágrima. Frases suyas como “Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado” causan a la vez risa y reflexión.
En su vida fuera de cámaras era un hombre sencillo, retraído, carismático, sensible, en una palabra, bueno, y es bien sabido que su altruismo no tenía límites ni deseos de sobresalir, pues realizó numerosas presentaciones en beneficio de enfermos, pobres y heridos, y la única condición que ponía era que no asistiera ningún medio de comunicación. Hacía el bien sin alardear, teniendo siempre presente su origen humilde y lo difícil que fue llegar a la gloria. El mismísimo Charles Chaplin se cansó de afirmar que Cantinflas era el mejor cómico de todos los tiempos, y Cantinflas, en un gesto amable, siempre dijo que el mejor era Chaplin.
Cantinflas se fue una noche de abril de 1.993, y fue despedido en sentida ceremonia por cientos de miles de albañiles, carpinteros, profesores, barrenderos, vagabundos y tantas otras personas cuyos oficios él encarnó en sus múltiples películas. Su legado al mundo ha quedado resumido en una frase famosa que pronunció innumerables veces: “La primera obligación del hombre es ser feliz y la segunda, hacer feliz a los demás”. En sus últimos días dijo ante las cámaras: “No olviden reír, ríanse por favor cuando puedan hacerlo”.
Sueño con ir algún día al Panteón Español de México D.F. y rendirle tributo ante su tumba (cuyo epitafio es “Parece que se fue, pero no es cierto”), para agradecerle todo lo bueno que dejó: Su buen ejemplo, su bondad, su labor social, su estilo inimitable, y decirle: “Gracias por hacerme reír tanto… es verdad: No te has ido”.
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